Hedonismo y emprendimiento en Barcelona
Historias inéditas de los inicios de la escena startup
Son las 9:30 y ya he pospuesto la alarma cinco veces. Siento el cerebro pegado a la nuca y tengo los ojos hinchados. Lo de anoche fue demasiado. Fumé mucha hierba y puede que bebiera demasiadas cervezas. No me acuerdo. Comparto el piso con unos amigos, pero los culpables son el desfile interminable de colgados que aparecen cada noche para ir de fiesta. Ayer acabamos cantando algo de The Lumineers, Beirut y probablemente Bob Dylan. Estamos en la década de 2010 y el folk vuelve a estar de moda.
Me ducho rápido, me visto y bajo las escaleras volando hacia la calle. Vivo al lado de Plaça Catalunya, en pleno corazón de Barcelona. La calle ya está llena de turistas, skaters y prostitutas que les roban lo que les queda a los británicos que vienen de fiesta. Los camellos susurran: «¿Hachís? ¿Marihuana? ¿Cocaína?» mientras paso por su lado. Pero tengo hambre y voy al Bar Céntric a desayunar. Como fuera todos los días porque soy el CTO de «La Startup», una de las primeras empresas tecnológicas de la ciudad, y me siento rico. Tengo un salario anual de 40.000 € con el que justifico cualquier cosa. «¿Prepararme el desayuno? He echado cuentas y no compensa mi tiempo». Qué pretencioso.
Llego a la oficina a las 10:30. No es demasiado tarde. Suelo justificarlo diciendo aquello de «así solapo mejor con los americanos», lo cual es cierto hasta cierto punto. Los inversores decidieron que la guardería necesitaba supervisión adulta. Instalaron a un CEO estadounidense y le pidieron amablemente a El Fundador que no molestara mucho. Pero hoy es un día muy importante y «los americanos» están aquí: el CEO, el CFO y el CPO. Los pesos pesados.
Hoy nos reunimos con Rahul, un alto ejecutivo de una empresa interesada en adquirir La Startup. Estamos en las últimas fases de la negociación. Si el trato sale adelante, todo el mundo se hará rico y puede que yo no tenga que volver a trabajar. O eso creo, porque nunca entendí esa cláusula de double-dipping que tienen los inversores. ¿Por qué querría alguien comprarnos? Bueno, de forma estratégica encajamos un chat de mala muerte en nuestro producto y «convencimos» a Gartner para que nos nombrara «Cool Vendor in the Unified Communications». Con el crecimiento meteórico de Slack, las grandes empresas intentan subirse a la ola del hype mediante adquisiciones. Y aquí estamos nosotros, esperando que Rahul se quede con la patata caliente antes de que nuestra cuenta bancaria se quede sin fondos.
Invitamos a Rahul a uno de los mejores restaurantes de tapas de Barcelona, y lo que sigue es una de las mayores pifias de la historia de los negocios. Rahul mira la carta y frunce el ceño. Al final, se le forma toda la fosa de las Marianas entre sus pobladas cejas. Es la persona más ceñuda que he visto en mi vida. En un movimiento desesperado, pide patatas bravas. El código español para patatas en gajos con salsa. Pero cuando llega el plato, su decepción es absoluta: es vegano y las patatas están cubiertas de mayonesa. Nos damos cuenta de que no hay nada en este restaurante que pueda comer, y observamos en silencio cómo se alimenta de las pocas migas de pan que quedan en la cesta. Intercambiamos cortesías y acabamos hablando de fútbol. ¿Fútbol? A nadie en el sector tecnológico le gusta el fútbol. Es solo el eufemismo diplomático para decir: «Vete a la mierda».
El trato no sale adelante y nadie se hace rico.
Los americanos se van al aeropuerto, con jet lag y preguntándose por qué trabajan en esta empresa. Mientras tanto en la oficina, toda la atención está en Ferran. He ocultado o cambiado algunos nombres en este artículo para respetar la privacidad, pero Ferran es Ferran. Siempre lo será. Si no lo conoces, podrías pensar que está enfadado, pero si le preguntas, te ladra: —¡Que no estoy molesto, es mi voz!—. Está ejecutando La Migración, un procedimiento crítico que podría hacer saltar por los aires toda la base de datos de los clientes. Es viernes y está a punto de irse de vacaciones. Una irresponsabilidad absoluta, pero es un tío sólido y jura que todo está bajo control. Su mujer le espera abajo con el coche cargado y listo para salir, pero él todavía tiene tiempo para una última partida de ping-pong. Siempre hay tiempo para el ping-pong.
Las tardes de los viernes suelen acabar en una fiesta improvisada en la terraza. Ahora tenemos cerveza artesana de barril, lo que atrae a todo tipo de criaturas nocturnas. El Fundador está ligando con unas chicas, y su mujer, que también está en la fiesta, dice que no le importa. Sospechamos que sí. La noche se desarrolla despacio y, de repente, todo se acelera. La gente va ciega, vuelan dardos de pistolas Nerf por todas partes y unos tíos aleatorios se meten coca en el almacén. Nadie sabe muy bien quiénes son, pero cuando gritan: —¡Vámonos al Apolo!—, la gente les sigue. Pero yo tengo otros planes: he quedado con la Chica Polaca. Tengo una cita con la futura madre de mis hijos.
Conocí a la Chica Polaca en la fiesta de carnaval que montamos en nuestro piso hace un par de semanas. Mis compañeros y yo íbamos disfrazados de personajes de Breaking Bad. ¿Y un servidor? De Heisenberg. El disfraz más fácil para calvos. Mi compañero de piso es químico y cocinó metanfetamina de cristal. Encontró la receta que usaban en la serie, básicamente azúcar teñido de azul. Pero los que trajeron las drogas de verdad fueron Los Italianos, que también le estaban tirando los tejos a la Chica Polaca. Interrumpí la escena como un ave del paraíso, ejecutando mis mejores pasos de funky. Se quedó impresionada y cerré el trato con mis historias de cuando viví como un vagabundo en San Francisco. Poco después nos estábamos besando en el balcón mientras un payaso mudo y colorines presenciaba la romántica escena en estado de shock. Era su hermana, que casualmente era la directora de Recursos Humanos de La Startup.
En esta ocasión, sin embargo, la Chica Polaca me invita a su casa. Quiere volver a verme a pesar de ser yo catalán, un perfil poco popular en el mercado de citas para expatriados. —Sí, es catalán, pero es muy internacional—, les dice a sus amigas. Ellas le exigen una explicación.
Vive en las colinas de Vallcarca y, como mi cardio es nulo, llego jadeando. La Chica Polaca me recibe con una botella de Soplica y una gran sonrisa. Para los que no estén versados en la cultura alcohólica polaca, el Soplica es un vodka de sabores que funciona como el lubricante social perfecto para tipos torpes como yo. Bebemos, reímos y nos besamos apasionadamente. «Nada puede estropear esto», pienso. «¡Bzzzzz, Bzzzz!» El teléfono empieza a vibrar. —¿Quién es? ¿Quién te llama a estas horas?—. Miro el móvil, pero ya sé quién es. —Bueno cariño, tengo algo que explicarte—. Ella se queda perpleja. Abro el portátil y anuncio solemnemente: —Estoy de guardia. La Startup me necesita—, y empiezo a teclear furiosamente en la terminal. Para ella, soy Neo en Matrix. —¿Sabes qué está pasando?—. Pues claro que lo sé. Siempre lo sé. Visualizo a Ferran al borde de una piscina bebiendo un martini con una sonrisilla burlona. ¡La Migración!
La base de datos se ha caído y todos los clientes americanos se están quejando. Respondo tickets. Mantengo la base de datos funcionando. Me siento como un hacker propulsado por vodka. La migración se ha quedado atascada en el 69 %, una irónica señal de lo que no va a pasar esta noche. La Chica Polaca no para de traerme Soplica y de preguntarme si todo va bien, esperando que termine pronto para que podamos reanudar nuestro rendezvous. —Así es salir con un CTO —, le digo muy serio, —una prueba de fuego que nuestra incipiente relación debe superar—. Ella se queda dormida y yo arreglo el problema a las 5 de la mañana. La migración ha terminado y los clientes vuelven a estar contentos.
«¡Menudo día!», pienso con una sonrisa. «Casi me hago rico y casi pillo cacho. Mi vida es casi perfecta». La tapo con la manta y me acuesto a su lado. El mundo se desvanece al instante.
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