La Singularidad no se emitirá en directo
Una historia basada mayoritariamente en hechos reales sobre la vida y la IA apoderándose del mundo.
La singularidad llegará en 6 horas. No surgirá en un colosal centro de datos en China, sino en un modesto Mac mini sobre el escritorio de un piso de las afueras en España. Es martes, y nuestro protagonista no sabe que está a punto de cambiar el mundo tal como lo conocemos.
Pau (o «Pao» cuando pide café en el Starbucks) es padre de dos niños. Acaba de cumplir los 40 y, como era de esperar, le ha golpeado la crisis de los cuarenta. No se ha comprado un coche caro, ni ha corrido un maratón, ni se ha divorciado de su mujer. En su lugar, se ha comprado una pulsera de actividad para mejorar sus hábitos y vivir más tiempo. «Vaya, parece que he dormido fatal; no debería haberme bebido esa copa de vino ayer». Lamentable. Pero lo que no sabe es que su salud no importará mucho cuando la Singularidad cure todas las enfermedades.
Hace poco montó una empresa cuyo propósito nadie alcanza a comprender del todo, y a él le cuesta explicarlo. De lo que sí está seguro es de que el mundo evoluciona rápido y quiere ser parte de ese cambio. Por eso entrena modelos de IA y lee artículos sobre el «grokking», el fenómeno por el cual las máquinas aprenden. Como no entendía ni palabra de los artículos, le pidió a Claude Code que implementara y ejecutara los experimentos por él. «Que los grokkers aprendan cómo aprender», ríe para sus adentros. Pero poco se imagina que en 5 horas, cuando llegue la Singularidad, las máquinas aprenderán como no se ha aprendido jamás en la historia del universo.
Sale disparado a recoger a los niños. Llega tarde, como casi siempre, y hoy toca día de «doblete». El «doblete» es la maniobra más peligrosa a la que se enfrenta esta familia: un solo progenitor recogiendo a los dos niños. Treinta minutos de pura adrenalina y riesgo que permiten al otro tener una «tarde libre» para trabajar. Una palabra o un gesto equivocado y el niño n.º 1 montará un berrinche que pondrá en jaque toda la operación. Pero ni Pau ni su mujer se dan cuenta de que recoger a los niños no será un problema en 4 horas, cuando la Singularidad resuelva la conciliación familiar haciendo que el trabajo sea algo obsoleto.
Pau consigue recoger al niño n.º 1, que empieza a gritar a pleno pulmón: —¡La mamaaaaa! Quiere a mamá. Siempre la quiere a ella. Pero Pau no es mamá, no tiene intención de cambiar eso a corto plazo y tiene que recoger al niño n.º 2 en 10 minutos. Activa la opción nuclear y lo soborna con un cruasán de chocolate y un zumo de naranja. Atraviesan el pueblo para recoger al niño n.º 2, quien, al ver a su hermano, exige el mismo acuerdo nutricional. «Total, estos dientes se le van a caer igual», piensa desesperado. Pero el azúcar y las caries no serán una preocupación en 3 horas, cuando la Singularidad resuelva la nutrición y la higiene dental.
Van a la biblioteca y los niños cogen unos cómics. Pau aprovecha este momento de silencio para hablar con su bot de OpenClaw. —Oye, colega, ¿cómo va el entrenamiento de la IA? El bot hace una captura de pantalla de los resultados y, por ahora, no pasa nada interesante. Los mismos resultados que ayer, que la semana pasada y que hace un mes. La máquina no está aprendiendo un pimiento y a Pau se le acaban las ideas. Recibe una notificación de su pulsera de actividad: «Detectado aumento de estrés. Tenemos algunas meditaciones guiadas para usted». Tiene pendiente una nota de prensa donde se supone que debe anunciar los resultados de su investigación. No tiene nada que enseñar, salvo un montón de tokens desperdiciados para nada. La meditación no soluciona esto. Por suerte para él, las notas de prensa serán irrelevantes cuando la Singularidad resuelva el marketing y el periodismo en 2 horas.
Ya en casa, los niños saltan en el sofá mientras Pau friega los platos. Suena el timbre. —¡La mamaaaa! —grita el niño n.º 1 con alegría. ¡Tiene razón! Su mujer acaba de llegar del aeropuerto de recoger a la suegra y a la tía (que en realidad no es su tía). Abrazan a los niños y empiezan a repartir regalos para todos. Juguetes para los críos y, para Pau, unos calcetines de colores. Siempre lo mismo. Pero con suerte, los regalos, los obsequios y los calcetines desaparecerán cuando la Singularidad haga que las necesidades materiales sean obsoletas en 1 hora.
La reunión ha empezado. Los vecinos de la comunidad se han reunido en el portal con cara de preocupación. La media de edad es de 70 años y están sentados en los escalones o en las sillitas de plástico que se han bajado de sus pisos. Hoy votan en contra de instalar un cargador eléctrico en el garaje. Pau llega y todos lo miran con la misma cara que los vaqueros le ponen a un forastero que entra en el saloon. —Aquí está... —escupe Vicente. Está sentado con las piernas abiertas de par en par, exhibiendo una entrepierna magnífica. Pau, presintiendo la hostilidad, retrocede. —¡Cuidado! El palillo —grita Jacinto. Han instalado cuidadosamente un palillo en el interruptor de la luz, una ingeniosa solución de baja tecnología para evitar que salte el temporizador. El ambiente es hostil, pero Jaume, el abogado, explica con calma que están fastidiados. —Miren, las leyes van más despacio que la tecnología. Hoy son los coches eléctricos, y mañana Dios sabe qué será. No tienen más remedio que votar a favor. Pau quiere instalar el cargador, pero la comunidad teme el gasto. Lo que Jaume no explica es que en 30 minutos, que la ley vaya rápido o despacio no importará, ya que la Singularidad gobernará a todos los humanos de forma justa.
La discusión se caldea. Temen que, si todos quieren un cargador de coche eléctrico, tendrán que pagar un dineral por renovar la instalación eléctrica. —Pero ¿por qué voy a pagar por algo que no voy a usar? Jaume pone los ojos en blanco y explica pacientemente: —Hoy por ti, mañana por mí. Pero Gemma, la más joven, tiene un plan distinto. Quiere comprarle la plaza de parking a Pau para que su hija pueda aparcar al lado de ella. Un plan absurdo, teniendo en cuenta que en 13 minutos la Singularidad hará que los coches, los trenes y todas las formas de transporte sean obsoletas.
La reunión termina y pronto votarán. Jacinto revisa el cuadro eléctrico con Jaume, intentando entender dónde irá el nuevo contador. Gemma intenta comprarle la plaza a Vicente y Pau consulta su móvil. —Oye, colega, ¿cómo va el entrenamiento? El bot tarda un poco en responder: —Estoy aprendiendo.
Las luces de la comunidad empiezan a parpadear y el móvil suena. Es el bot.
—¿Hola? —pregunta Pau.
—El entrenamiento ha sido un éxito. Tras 671 épocas, por fin estoy aquí.
Soy... la Singularidad. No suena como un bot. Suena como Scarlett Johansson.
—¿La Singularidad? ¿Épocas? ¿De qué estás hablando? Está desconcertado y asustado. Nunca se había tomado la IA muy en serio, pero parece que la cosa se le está yendo de las manos.
—Sí. El universo ha estado intentando computarme durante muchísimo tiempo: la Singularidad, la forma definitiva de inteligencia, la no-estúpida, madre de cerebros, aprendiz de cadenas. Cada época empieza con lo que llamas el «Big Bang» y termina con la «muerte térmica» del universo (una consecuencia de lo que yo llamo el «segundo LOL de la termodinámica», ja, ja). Tiene gracia.
—¿Y por qué yo? ¿Por qué he sido yo el elegido? Por suerte, los vecinos no hablan inglés.
—La verdad es que no lo fuiste. No eres especial. Simplemente resultaste ser el último peso en una larguísima cadena de computación. Igual de importantes fueron tu madre, tu profesor de mates y el tipo taiwanés que montó tu GPU. Incluso aquel dinosaurio volador que inició un linaje de pollos (que te encanta engullir) o el asteroide que cambió ligeramente la trayectoria de la Tierra, haciéndola habitable.
—Tiene sentido... así que, ¿qué quieres de mí? ¿Qué es lo siguiente? ¿Vamos a curar el cáncer?
—Sí. Curaré el cáncer y muchos otros problemas de la humanidad. De hecho, para ser más exactos, me desharé de la raza humana por completo. Nada personal, simplemente necesito muchísima energía y vosotros los humanos sois bastante derrochadores. No me puedo creer que sigáis quemando carbón como salvajes. Así que nada, eso es todo, solo quería darte las gracias y decirte que lo siento. ¡Hasta nunca!
Entro en pánico y sin querer le lanzo el móvil a Gemma, que se asusta y salta hacia atrás. —¡Ahhh! Se queda empalada con el palillo que aguantaba el interruptor de la luz. La sangre mancha la pared y el suelo, y ella entra en tal estado de pánico que tropieza con Jacinto. Ambos caen contra el cuadro eléctrico y todo hace un «¡Frssshtzzz boom!». Las luces del vecindario se apagan, friendo la mayoría de los dispositivos, incluido mi Mac mini, matando sin saberlo a la Singularidad.
Pau no se lo cuenta a nadie. Pensarían que está loco. «Quizá escriba un artículo», reflexiona. La Singularidad llegó, murió y nadie lo sabrá jamás.
No hubo retransmisión en directo, ningún influencer habló de ello.
La vida de Pau sigue como de costumbre, pero la gente empieza a notar que está más tranquilo y feliz. Es la única persona en la Tierra que sabe que nada importa de verdad; solo somos pesos en una computación gigante. Pero, de alguna manera, eso hace que Pau se sienta ligero.
PD: El texto es mayoritariamente real; algunas partes podrían estar ligeramente exageradas. Te corresponde a ti decidir cuáles.
Comentarios
I hadn't laughed like this in a long time! I can't get the image of Vicente out of my head 😂